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APAGANDO LA SED

No os diré ni mi nombre, ni mi edad. De dónde soy ya deberías saberlo... Sin embargo os voy a contar mi mayor secreto: la única reverencia que hice en mi vida, fue a un botijo. A hurtadillas lo robé de la despensa de mi propia casa. Acto seguido lo llevé, sin ser visto, a mi cuarto y allí, en la impunidad que dan las puertas cerradas lo introduje en mi mochila. Caminé y caminé hasta haberme alejado lo suficiente del pueblo (no era para tanto, en verdad, pero entonces mis piernas eran pequeñas y por ello mis pasos cortos). Llegué hasta una casaza, blanca por completo y de largas paredes que hicieron que me sintiera seguro para, por fin y con nervios, bajar la mochila de mi espalda y sacar aquel botijo. En esos momentos me pareció que era una luz única y preciosa la que caía sobre él. Tembloroso (ya no por lo arriesgado de la
sustracción y de la obligada huída, sino por lo significativo y transcendental del gesto, del ceremonial que estaba a punto de llevar a cabo) asenté el botijo en el suelo. Me aclaré la voz a modo de carraspeo maduro y acariciándolo con mis dos manos lo alcé hacia el cielo de manera solemne. Entonces grité el discurso que había preparado días antes, a ratos en las clases de matemáticas y de algún que otro castigo sin recreo:

-¡Oh Efecto Botijo! No nos abandones nunca. Déjanos, por siempre, disfrutar de tu mágico poder de enfriamiento, en el que el agua filtrándose por los poros de tu pura arcilla
y en contacto con el ambiente exterior se evapora, dando lugar a tal refrescante
resultado ...


Lo devolví al suelo y me arrodillé frente a él, cogido entre mis manos como estaba hice lo inevitable... bebí y bebí hasta que no podía más y las gotas de agua empezaron a descender por mi cuello. Las gotas a medida que más lleno me sentía iban creciendo. Ya no bebía y derramé toda el agua sobre mi cabeza y mi pecho. Cuando se hubo acabado el agua sonreí y miré
hacia el Sol, le había engañado. Por unos segundos no había tenido calor.



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botijo orgaz